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El Eremita

La soledad en Buenos Aires para el año 2000 cifra: 25%. París la dobla. Y Nueva York casi la triplica con su 72%. Comienza a descubrirse un tema cuyos destinos muchos intentarán dilucidar en términos sicológicos, culturales y sociales.

Tomaré del inicio del libro de Gurutzi Arregi sobre las ermitas de Bizkaia, la primera anotación que ésta destaca del naturalista irlandés W. Bowles, quien a mediados del siglo XVIII en Bizkaia señalaba: "Llaman los vizcainos Repúblicas a las distintas jurisdicciones de su provincia las cuales, a excepción de una ciudad y pocas Villas, se componen de barriadas dispersas y casas solitarias que se han situado según la comodidad del terreno y de las aguas.."

Recuerdo de mi tío Pedro, haberme comentado hace no menos de cuarenta años: que cada vasco era una república. Pedro era, a pesar de todo, el más simpático y sociable de los hermanos. Imaginen Uds. lo que opinarían los otros si hubieran sido un poco más opinadores.

Tuve oportunidad el año pasado de volver a visitar el país vasco después de cuarenta años, y descubrí un pueblo formidable: austero, pleno de carácter, guardián de sus costumbres, y entre éstas, el renovado amor por sus caseríos.

En los últimos años se habían dado de lleno a sus aprecios y restauraciones. Y con ello volvían a celebrar antiguas costumbres como éstas que Bowles señala al describir la comarca con casas dispersas, cuando no solitarias.

Me había tocado en suerte caer en dificil gracia. Habiendo perdido mi hogar, pasé por un manicomio y terminé recalando en una parcela rural, por entonces relativamente aislada de los servicios y beneficios urbanos; pero en paz.

La simple naturaleza se ocupó de poner en orden mis perdidas armonías. Que si hube de recuperarlas ya con los años se verá hasta dónde cabe así afirmarlo.

Mientras tanto, aquel viaje a Bizkaia, no sólo me redobló carácter, sino también identidad. Y de ello van éstas y otras tantas páginas, que no he parado con buen ánimo de entregar gracias a mis abuelos y a este ordenador que me facilita toda labor.

Fueron tan sólo 20 días en una posada rural vecina a tres caserios ancestrales en Oba, Artaun y Santa Lucía, para comenzar a escribir sobre la locura en el alma y sobre este viaje tan entrañable como provechoso.

Y ahora, este deseo de meterme de narices en el alma de las ermitas; desde vivencias que por haberme sorprendido desde tan lejos quiero imaginarlas trasladables al relato experiencial. De hecho fuí transportado aquí~desde allí, por ellas; mucho antes de verlas con mis propios ojos, allí en Bizkaia reflejadas.

Si la identidad de los transportes del espíritu en el alma, aun viniendo de tan lejos, fueran ubicables en un rincón concreto del planeta, cómo no habría de superar la dificultad que fuera para comentarlas. Más aun cuando refieren no sólo de mi más honda identidad, sino que adicionalmente hablan con creces de una inmensa soledad.

Soledad y trabajo más que poético, que compartí con alguien concreto de mis océanos familiares, anterior, al menos en 500 años.

Vivencias que permiten sentirme afortunado para hoy celebrar como pueda estos relatos.

Antes de ir al grano quiero ir un poco al granero, donde simpatías y amables disposiciones de ánimo me atendieron como para siempre recordarlos: el Instituto Labayru.

Y aquí, Gurutzi Arregi la primera que se acercó a saludarme haciendo gala de tanta cordial sencillez. que habría de desasnarme varios días después de su valía. Gurutzi tal vez pueda un día perdonarme la mencione y refiera partes de su trabajo doctoral sin tener ni la más remota aproximación a sus esfuerzos formativos.

Consintiendo a Heráclito en eso de que la presunción pudiera ser una enfermedad sagrada, trataré de ubicarme lo más concretamente que pueda en este tema de las enfermedades sagradas, que en soledad, váya si caben. Y así tal vez pueda al final completar la parábola que me acerque a las fortísimas referencias con que inicié este relato.

La soledad, o la edad del sol, es millonaria en vidas; que como el sol conocieron tempestades.
Y por algún motivo particular, a este pueblo vasco ya de antiguo lo descubren república en su soledad.

Mis pensamientos me llevan a recordar aquel número 290 de la Science Magazine, que tan sólo un año atrás refería de un pueblo en cuyos genes había quedado para siempre grabado el profundo aislamiento que durante decenios de milenios sostuviera. En medio de glaciación tan abismadora, que no habría de volver a ver otras gentes hasta 32.000 años después.

32.000 años de soledad no entrarían en la cabeza de ningún García Marquez. No podrían ser imaginados por criatura alguna.
Pero sí vivenciados con total desconocimiento por un vasco bruto como el que habla, en infinitecimal medida. Suficiente como para parecer solitaria república.

Solado del “establo”, en Del Viso.

Aprovecho los juiciosos criterios de Gurutzi Arregi respecto de las ermitas, para por contraste destacar los míos, que no son tan juiciosos.
Tampoco quisieran aparecer desprejuiciados, sino harto vivenciados; y con natural vehemencia expresados, frente a sorpresa tan inesperada, que me hubo identificado.

Pues no fuí yo quien identiqué.
Sino él, el eremita de mi sangre, gestando mi trabajo diez años atrás; hincando sus rodillas en las mías, en este suelo bonaerense a docemil kilómetros de distancia de su ermita.

Por eso, cuando Gurutzi señala que los actos de oración han sido precisamente los que han dotado de alma a nuestras ermitas (pag. 17), quiero añadir que el trabajo afectivo es forma particularísima de ruego por la identidad perdida.

Y que el afirmarse del eremita en ermita, es acto fundacional de un milenario guardián que comparte pena y consuela, desde el enorme capital de gracias atesorado en sus heredades.

Hoy puedo sentirme parte sorprendida de su heredad.

Aquel polis, vigía primigenio que luego sería oculto sostén de pueblo, es númen, fenómeno arquetípico perdido en el confín de los más abismales esfuerzos.
Escondido en el silencio de las piedras y los tiempos.
Ocultándose en los milagros de reunión humana que prodiga.

Paradojal condición la del vigía de los pueblos, de sus fratras, hermandades o cofradías. Que no apuntan a sostener comportamientos religiosos tanto como a religar comportamientos familiares y por cierto sociales, como los que a este pueblo vasco por los siglos de los siglos, sus eremitas en la comunión de los santos sin cesar prodigaron.

Comunión que bien anterior es al cristianismo.

Antiquísimos santuarios de madonas negras, tal vez de tantos siglos de cirios peregrinos, encendidos en interminable camino hacia el hogar perdido, se dan en la distante Rusia; habiendo ya la arqueología reconocido antiguos yacimientos celtas en estos mismos sitios, superponiendo el vigía primigenio, su mismo llamado asistido en distintos cultos sucesivos.

Vigía intermediario de ascensos a arquetipos. Vigía de terruños.

Esa hermosa relación de antigüedades superpuestas, de tumbas, de culturas, de estelas, de sacralidad y eterna dulzura, abrevia de toda urgencia a este vigía hombrecito por trascender más allá de la cumbrecita de su pena; y que morando en abismos, solo, en desolada compasión, se identifica y ayuda, en servicios y trabajos, a resuscitar y descender.

Instalándose como parte del vientre de nuestro silencioso Padre, que por ello nos hace criaturas nuevas; tan sobrenatural en nuestras propias tripas, como fiel asistente natural en nuestro diario trabajo.

Pleno de defectos, aquellos que lo llevaron en soledad, alcanza consuelo a nuestras tristezas, entrando más allá de nuestras almas, en el cimiento de ese cuerpo oscuro que llamamos desde tiempos muy remotos: E-go.

Redoblando carácter y espontaneidad; confianza y familiar generosidad.
Fortaleciendo los vínculos perdidos con ánimos indiscutidos, al ser puestos cada día en trabajos que se facilitan y enriquecen, al inscribirse en la naturaleza con sus armonías. La misma que lo hospedó a él, un lejanísimo solitario día.

Tan solo de soledad, que nadie atisbaría a imaginar siquiera que pudiera ser fuente hoy de gracias sociabilizadoras, que de tal soledad querer vendría.

Oculto en su des-gracia, todo un conjunto de dispersos caseríos y descendencias familiares, por siglos y por su atenta intermediación, en comunión de santos se conjugarían.

Llamado que por ser tan íntimo, nunca ha sido traducido sino en trabajo afectivo perseverante, al cuidado perdurable de la vida familiar.

De esos yacimientos de dulzura humana que llamamos sacros, construídos en descomunal soledad, perviven en cada terruño sus guías; dando silencioso cimiento en alma abierta para hacernos sensibles y en trabajo afectivo festejar.

Cómo no habrían de ser sagrados estos humilladeros. Cómo no habrían de ser asiento de consagraciones y religazón humana. Cómo no habrían de ser duraderos.

¿Quién puede estimar la medida de perdurabilidad de estos capitales de gracias? Si no es advirtiendo su vitalidad en la relación más calificada de nuestras familias y sociedades.

¡Cuántas veces a lo largo de los siglos se ha manifestado en la criatura humana más pobre y sufrida, tan en ella oculto lo divino!

Solado del eremita de Bikarregi


 

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