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La sorpresa y la razón de las lágrimas

Amaneció nuevamente lluvioso ese jueves. Pero ya tenía turno reservado para trabajar en el archivo histórico eclesiástico en Derio; y hacia allí partí. Deseaba rastrear algo del pasado más lejano.
Este archivo funciona gracias a la documentación microfilmada y organizada por los mormones, al igual que en Buenos Aires.

Llevaba interés en un microfilm con información acopiada de 1636 a 1754, perteneciente a la iglesia de Santa María de Yurre: la localidad que había visitado el día anterior, y en cuya inmediata cercanía se hallaba la casa parroquial en la que había sufrido aquel entrañable episodio.

¡Qué sorpresa se instaló en mí, cuando al abrir el microfilm en la máquina lectora, aparece en él, un índice de archivos parroquiales de 1901; totalmente ajeno al período que atesoraba la filmación!

En este breve índice aparecía mencionado el nombre de aquél párroco, pero ahora con su nombre materno adjunto al anterior: ¡Hilario de Soloeta Amorrortu!
Tal su nombre; que aparecía asumiendo allí la tutoría de sus tres sobrinas huérfanas.

Recojo la información que este índice proporcionaba, de otro microfilm donde estaban extendidos estos archivos; y tras solicitarlo me encuentro a Andrés de Amorrortu, primo de Hilario y difunto padre de las tres criaturas.
El documento de mas de 60 folios daba cuenta de todos los cuidados que el tío Hilario había tenido con ellas; hasta que ya grandes asumieron su propia responsabilidad.

Ahora me restará terminar de averiguar qué relación había entre Andrés y Sebastián; que a no dudar debe ser intimísima. De lo contrario no me hubiera tocado vivenciar tan entrañable pena.

Parece mentira que la comunicación de los afectos pueda darse en situaciones tan desconocidas e inesperadas; y sólo un día después, darse a identificar el meollo de estas vivencias, en forma tan por demás prodigiosa. Espero alcanzar a extender la relación de Andrés y Sebastián.

El resto de la búsqueda por la cual había concurrido quedó para el día siguiente, pues el archivo cerró al mediodía. No obstante, desde allí subiendo un par de pisos, pude acceder a la más importante biblioteca de cultura vasca de todo Euzkadi: el Instituto Labayru.

Me acerqué y conocí a sus organizadores, entre ellos la etnógrafa Gurutzi Arregi Azpeitía; que habiendo elaborado su tesis doctoral alrededor de las ermitas de Bizkaia, me interesó y atendió con mucha simpatía.

Hube de regresar en dos oportunidades más a este instituto; y tuve el gusto de conocer y conversar con mucha consideración con su director, el Padre Ander Manterola; que amén de su hondura, descubría particular don de exterioridad, y era muy apreciado en todo el país vasco.

Me mostró con mucho afecto, una carta enviada por San Francisco Javier desde el extremo Oriente a sus hermanos. La había encontrado y comprado en Oxford en su juventud.

Manterola era nacido en Zeánuri, pueblo arratiano muy vecino a Dima. Tan simple, como ilustrado, y algo más que lleno de saludable carácter.
A la seriedad y dinámica de este Instituto debo la pesada carga de libros adquiridos.
Esa tarde concluyó paseando por Bilbao, antes de regresar a Dima para la buena cena que recibí.

Al día siguiente vuelvo temprano al archivo a completar la tarea, pero sin alcanzar el objetivo de avanzar en el pasado a través de la familia Eitzaga. Santa Lucía donde vivía la familia Eitzaga, estaba en el límite de misma cofradía de los Eitzaga Amorrortu, y por tanto sus registros parroquiales eran los mismos que se perdieron en el incendio de San Pedro Apóstol de Dima.

El apellido Eitzaga unido al de Amorrortu, permaneció así al menos durante 100 años.
Al parecer esta costumbre se establecía al unirse en matrimonio dos mayorazgos. Y si la dote de la mujer fuera el caserío, cabía la anteposición de su apellido.

Hago aclaración que el mayorazgo en el país vasco no estaba limitado al hijo mayor; sino a cualquiera de ellos que elegido por el padre conservara posesión del caserío.

De todas maneras, más allá de este pequeño fracaso, tenía la vida reservada una sorpresa respecto de la familia Eitzaga o Iza, que más adelante revelaré.

A la tarde en Bilbao, de nuevo en librerías, me tocó en suerte de la mano de José Borja, un amigo ocasional, cálido paquidermo intelectual dedicado a traducciones, conocer al librero Txomin Sarachaga, especializado en publicaciones vascas de décadas pasadas, que atesoraba la edición de las obras completas de Sabino. Aquellas que había corregido el tío Víctor, e impreso en la calle Luca.

Esa tarde adquirí la información cartográfica y turística primaria, que me asistiría al día siguiente, sábado 27 de Mayo, en la pequeña gira a Zuberoa y al Biarno.

senderos al Bearn

Había acumulado deseos de conocer los caseríos de la familia de Pedro Luro en S. Just Ibarre, y de Pueyrredon en Issor. Para ello alquilé un auto que me permitiría transitar esos alejados caminos del país vasco francés, mas allá de Saint Jean Pied de Port.

Atravesar la frontera y encontrar vascos y vascas modelados en otro cántaro, me llenó de diferente tenor de vida. La euforia que vivía en Bizkaia, me tenía feliz, pero bastante acelerado.

Los vascos de Zuberoa son algo más laxos, simpáticos y graciosos. Alimentados de las más simples tareas rurales, que desarrollan en parcelas a mi parecer bastante más extensas que las de Bizkaia.

No se advierten tareas industriales. Tal vez los reparadores subsidios que reciben del Estado, les permiten desarrollar este carácter suave y gracioso; al tiempo de vivir con abundante dignidad, reflejada en sus hogares; en particular en las atractivas ventanas adornadas con primorosos cortinados.

Saint Jean Pied de Port


Algo similar advertí en el Biarno; con un toque tal vez, ligeramente más aristocrático.
El paisaje es hermosísimo; y tuve la suerte de apresarlo con holgura en mis fotografías.

Hablar de St. Jean es innecesario, porque no sabría cómo añadirle algo a su hermosura. Llena de turistas; con buena hotelería; es el placer inmediato de quién recorre el país vasco francés.

Mas allá, bordeando los lejanos Pirineos, se abren las tierras onduladas; labradas con encanto y sembradas con distantes caseríos.
Así aparece el pequeñísimo pueblo donde nacieron los padres de Pedro Luro. Y allí, frente a la iglesia misma, muy restaurada se conserva su vivienda.

Una calma inmensa me recibió en ese tardío mediodía.
Deteniéndome en cada paisaje, fueron mis fotos recalando en los caminos; hasta llegar a Tardets; última población importante antes de alcanzar Issor.

La arquitectura ya había perdido las señas originales vascas, y el espíritu de sus gentes me traía a la memoria otras presencias muy queridas.
Me hospedé en un hotel muy antiguo, con varios pisos estructurados totalmente en madera. Que por gracia de los siglos había absorbido deformaciones tan inusitadas, que parecían desafiar con amor la ley de la gravedad. A pesar de esta impresión, el descanso no fue interrumpido ni siquiera por crujidos.

Al día siguiente, el breve tramo de aquí a Issor. El día era lluvioso, y a pesar de ello, aun bajo la lluvia pude tomar bellas fotografías del ruinoso caserío de los Pueyrredon.

Alejado un par de kilómetros de Issor y casi en la margen del arroyo que corre en cañada profunda, se alza esta antigua construcción; a la espera de un alma seducida, que un día se ocupe de ella.

Caserío Pourrédon (Pueyrredon)


En una vivienda aledaña moran sus actuales propietarios, ocupados en la explotación de unas 4 hectáreas de tierra allí mismo, y otras 6 en cercanía. Al fondo de la parcela comienza a elevarse el monte Bisarce, de 790 m.

Aquí pude verificar cómo en las cartas de altimetrías, las curvas de nivel descubrían a un único monte, perfectamente redondo en su conformación.
Así pues, hoy me animo a deducir sin arriesgar, que el tal Bisarce, ha sido un día el Pic Redó; en dialecto patois, el pico redondo.

Y váya uno a saber, en qué mezcla con el vasco, que en estas zonas conserva los mayores arcaísmos de la lengua, resultó si no exagero, Puig- o Puy-redon; Puerrédon como figura en las cartas francesas y en las tumbas del cementerio de Issor; o Pueyrredon como lo conocemos en Argentina.

Así pasé este fin de semana en el país vasco francés, sintiendo este estimulante calidísimo contraste.

Saint Just Ibarre

Cercanías de Saint Just Ibarre

Los días que siguieron me llevaron a Artaun; en el centro de la cofradía de Bikarregi.
Allí se alzan los caseríos de los Eitzaga Amorrortu.
El más antiguo en manos de Vicente Aurrekoetxea Iza, quien hoy se ocupa de su restauración.
Se trata de un inmenso caserío, con buen estado de muros y estructura de pisos y de techos.

Tal vez por el cálido encuentro con Vicente y la presencia tan particular de los pastores sumados a crepúsculos inolvidables, es que conservo de Artaun una imagen única por su coherencia locativa, que al decir de muchos es también humana.

Vicente Aurrekoetxea Iza (Eizaga)


Caserío, antiguo EitzagaAmorrortu


El particular aislamiento de estas pequeñísimas agrupaciones, como las reflejadas en Oba, Artaun, Biteriño, Bikarregi, Ugariotz y otras tantas que le siguen en sus faldas abiertas al Poniente, conservan aun hoy algo del espíritu eremítico y la mística de otros tiempos, amasado en un presente de serenidad incomparable.

Lugares para volver al pasado, sin abandonar el presente.

Enriqueciendo a cualquier criatura, aunque ya se precie rica.

 

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