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Las Ermitas de Bizkaia

En Bizkaia la mayoría de las ermitas están ubicadas en espacios habitados o integradas en vecindades. Este hecho tan característico -y tan alejado de la significación común de la palabra ermita-, no podía ser dejado de lado; por ello a lo largo de los capítulos centrales se estudia la función que han tenido las ermitas en la configuración y en la vida de las vecindades rurales (pág.17).

"orain dana aldatu da"
Ahora todo está cambiado
(pág.21)

También nuestros léxicos reconocen estos cambios. Reiterar que la más propia palabra "polis" significaba en tiempos de Homero, vigía. Y tan solo un par de siglos después ya refería del agrupamiento humano en cortesía, que el olvidado y ya desconocido vigía desde su capital de gracias en "comunión de santos" habría contribuído a gestar.

Pudiera al menos abrir una sospecha, una cosmovisión más honda que la que trasciende hoy como convocante familiar, social y religiosa; que pudiera estar gestándose en la inmensa cantidad de vidas que crecientemente acceden a vivir en soledad.

La soledad rural está acreditada.
Pero la urbana pudiera comenzar recién a sorprendernos.

O tal vez nunca nos sorprenda. Pues pudiera ser tan contenida por la similar condición de tantas vidas amontonadas en soledad, que nunca resultarían soledades plenas.

Tampoco me resultan plenas de soledad aquellas que en vida resuelven su infortunio y comienzan a dar frutos de servicio familiar o comunitario. Por cierto que todos los santos, conocidos o desconocidos, pasaron este tipo de soledad.

Al hablar del eremita quiero imaginar a una criatura humana, tan sola de soledad, que nunca llegará a ser identificada, sino por una pequeña hebra material de su destino, ésta que llamamos "ermita".

Y a pesar de las valiosas y juiciosas consideraciones de Gurutzi, no puedo evitar abrir algo más que la sospecha fueran las ermitas en mucho anterior a los caseríos.

A ningún eremita se le ocurriría, ni ayer, ni hoy, ni mañana, abrir su paupérrimo espacio habitación en cercanía inmediata a población alguna.
La condición que inaugura la suerte de estas vidas es tan en extremo lamentable que sólo la locura iguala.

Un día han dejado de vagar y peregrinar y han recalado en un lugar concreto del planeta. Ya ésto es prometedor de alguna clase de componenda.

Me resulta imposible pasarme por alto las vivencias comunes y elementales que caben a toda criatura despedida de su entorno familiar y social, aterrizando un día en alejado entorno natural. Que bien puede ser en cerrado monte vegetal. O pelado puerto de montaña. O rocosa costa de mar.

Difícilmente lo imagino en cálido valle. Pues allí ya estaría amenazada su privacidad. Privacidad que demorará décadas en armonizar antes de dar pasos y frutos en comunidad.

Por tanto, me resulta imposible imaginar a etnólogo alguno metiendo narices en tal extrema inutilidad humana. Que si la tiene, ya aparecerá oportunamente calificada para su consideración.

Nadie se acerca a estas vidas si ellos no aceptan de alguna forma integrarse. Y está claro que cinco, diez siglos atrás, no había asistentes sociales, para siquiera enumerarlos.

Por otra parte, en ellos hay algo que cualquiera, incluso ellos mismos, calificaría de demoníaco.
Eso de vivir como los Padres del desierto facilita según su propia opinión, estas dudas en su alma.
Por ésto vuelvo a repetir: un eremita no se establece en cercanía comunitaria.

Por algún misterio, un día la comunidad comienza con suma lentitud a acercarse a él. O a lo que quedó de él: su porciúncula; su humilladero.

Como ésto no constituye, a pesar de su misterio, un fenómeno que pudiera pasar por completo desapercibido, y cuando es percibido no pocas veces sorprende; dable es imaginar pudiera un día lejanísimo conformar situación arquetípica, que como todo arquetipo cuando "toca" en alma, conmueve conllevando en adición tremendos descalabros.

Ésto le puede acontecer al hijo de un señor feudal; al monje de clausura en comunidad; al simple padre de familia en desgracia, que por miles los hay; y hasta al pobre hijo de los simios, Tarzán.

Ninguna de estas vidas, en tanto alejadas de comunidad, podría interesar a etnología alguna.
Su escición es tal que no interesan sino a ellos mismos. Si hubieran en futuro conexiones entre ellos, tal vez, alguna economía vivencial asistirían.

Pero aun así, lo dudo. Porque son vidas que están llamadas a conocer soledad plena. Y en ella vivenciar cohabitación de espíritu, pleno en alma y "cuerpo". Esquizofrenia plena. Pero tan un día armonizada, que al menos la aterradora palabreja quedaría a un lado.

Estas armonizaciones no conllevan observadores. En general, sus víctimas hoy conocen internaciones en establecimientos comunitarios.

Y no es allí donde se armonizan las vidas de las que hoy hablo. Pues aquellos primigenios vigías, no conocían otras guías que las que pudieran florecer entrañables en su soledad. Soledad cabal. Que no acababa con ellos, porque estaban entre otras cosas, inmersos en el seno de la madre naturaleza: el mejor contenedor para hospedar descalabros infinitos.

Y de una intimidad que por años no habría de comunicarse a criatura alguna, aunque algunos conocieran la fuente de sus des-gracias.
Por ello, mi enfoque no es etnológico. Aunque la suerte de muchas etnias se habrá alimentado en parte bien velada de sus des-gracias.

Si así hubiera sido la soledad del eremita, y hoy alrededor de su pequeña porción de piedras aparece conformada una pequeña o vasta comunidad humana, no cabrán formas de escapar a una valoración de la soledad y las des-gracias, dando frutos a partir de tan triste, enorme e incomparable privacidad.

Los frutos están a la vista. Y son éstos que señala Gurutzi repetidos en toda Bizkaia, por siglos renovándose sutiles.

No propongo con ésto alentar la soledad. La soledad se propone por conflictos entre el espíritu y el cimiento oscuro, principio del alma que llamamos E-go.
El primero que balbucea el go-go primigenio.

En este punto todavía no recaló ni tan siquiera la fenomenología.
También ésta reclama comparaciones. Que en tan extrañas como entrañables soledades, no resulta fácil considerar.

Los eremitas no están dispuestos a que se los estudie. Resultan lo más abyecto. Y así no cabe imaginarlos en sociedad alguna, otra que no sea fermento paradojal de tan extremo sacrificio.

Desde el primer momento que conocí a Gurutzi y su obra, y luego a Ander Manterola, el director del Instituto, quise expresar estos sentimientos de aprecio a estos extremos sacrificios, que difícilmente pueden ser calificados de humanos. Algo que excede lo humano los sostiene, los trasciende y luego desciende.

¿Por qué diablos querría hablar ésto con ellos?; no habría de enterarme sino hasta después de pasados unos cuantos días. Aun así, no pude por entonces hacerlo.
Gurutzi, en amor de mujer no está llamada a enroscarse con estas miradas abismales. Pero Ander, como hombre, pudiera tener un día en cimientos de amor propio, abierta consideración hacia tales desgarradoras dispatías.

En el Lejano Oriente la cruz simbolizaba perfección. Al pie de cada cruz humana se advertía una mujer; aunque siempre hombres los clavados en ella.
Hombres los eremitas, aunque siglos más tarde hubieran sororas que se ocuparan del paupérrimo eremitorio ya sacralizado.

Las vivencias del eremita, si no descienden con la dulzura del mejor hospedaje, propia de los grandes sacrificios, no alcanza sacralidad alguna. Entre lo sacro y le sucre, está el morfema “sac” de la dulzura.
Sacer-tutor, tutor de la dulzura.

Sac-erdocio humano y sac-rificio humano van de la mano en camino al gran azucarero; al que con los años de alguna forma, por cierto relativa, todos accedemos.

Estos fenómenos, misterios incluídos de armonización, no se dan en encierros comunitarios de lujo, ni con medicinas; ni se pueden evitar sin transformar por tiempo indeterminado el alma en híbrido.
El eremita es imagen de penoso espanto; pero no híbrida.

Es molienda extrema de semilla llamada a sostener y perdurar identidad de los que durante siglos se reunen, por cierto sin saberlo, en cercanía. Una cercanía que excede el marco de cualquier conciencia. Pues la sangre como el amor transitan por las más profundas vías.
A veces tan lejanas como las que movió mi trabajo, sostuvo mi tristeza y descubrió un día mi alegría.

Si algo no ha cambiado de sangre, vocación y devoción, es mi eremita

Relatos eremíticos en oculto solado

Textos del libro Origen y significación de las ermitas de Bizkaia,
de Gurutzi Arregi Azpeitia.

La ermita ha sido lugar de reunión de las casas que configuran su vecindad.
Esta reunión respondía, en ocasiones, a la existencia de una institución consuetudinaria que atendía los asuntos concernientes a una colectividad de pequeñas dimensiones cual era la vecindad, auzoa.

Esta institución era denominada Cofradía y ofrecía en su estructura y en su funcionamiento un paralelismo con la entidad civil que adquirió rango público con el paso del tiempo y vino a denominarse Anteiglesia.

La Cofradía aparece como una federación de casas primigenias, con su sistema de elección de cargos, con capacidad de emitir decretos y de organizar las tareas comunitarias.

En su desarrollo histórico ha estado vinculada a la ermita sobre la que ejerce, a su vez, un verdadero patronazgo.

Ya en los años treinta, Don José Miguel de Barandiarán llamó la atención sobre el hecho de que en un buen número de ermitas e iglesias del País Vasco se detectan restos arqueológicos pertenecientes a época romana (pág.35).

Una de ellas, San Esteban de Gerekiz en Morga, contiene una lápida del siglo IV con la siguiente inscripción: Terencio colocó en recuerdo de Sempronia su mujer (pág.36)

Los hallazgos de vestigios romanos han permitido conjeturar diversas hipótesis sobre el origen y la época de los primitivos asentamientos cristianos. Esta cuestión no está hasta el presente suficientemente dilucidada.

Aduciré el ponderado criterio de Don José Miguel de Barandarián: "No conocemos bien el proceso de cristianización del pueblo vasco. Lo que sabemos es que numerosas iglesias y ermitas de nuestro país, fueron erigidas en los mismos sitios en que, hasta fines del siglo IV, hubo templos y cementerios paganos" (pág. 39).

"Las ermitas pueden ser de creación popular. Ya dicen en Bizkaia que fueron edificadas para desterrar a las lamias-a las antiguas divinidades que se trataba de suplantar.
La creencia general es que las ermitas han sido erigidas para alejar a las lamias, o sea a los malos espíritus, a las antiguas divinidades" (pág.40).

Estimo que tiene una significación innegable el hecho que en numerosas ocasiones ambos elementos, ermita y estelas funerarias, aparezcan conjuntamente indicándonos que en estas ermitas tenían lugar enterramientos cristianos (pág.51)

Vecina inmediata al caserio de mi familia Eitzaga en Igorre, Santa Lucía y San Cristóbal de Elgezua, con algunos elementos constructivos, tal su puerta románica tardía de mediados del siglo XIII, podemos comprobar según versión que corresponde a Iturriza: que en las heredades de la cercanía existen muchas sepulturas y sepulcros de piedra con sus lápidas, siendo tradicional que hasta de la provincia de Álava solian traer a este sitio a enterrar a los muertos (pág.113).

Algunas leyendas populares hacen referencia a tesoros enterrados cerca de las ermitas. Menciona Barandiarán respecto de la ermita de Kristoandako de Mendiola en Abadiano:"decían que en la cueva de la ermita estaba escondido oro envuelto en una piel de buey, y que fue la gente al lugar para encontrarlo. Una mujer encontró una gran llave y pensaron que allí habría oro. Pero no encontraron nada".

El mismo autor ha escrito abundantemente sobre relatos de tesoros escondidos junto a dólmenes.
Siguen variados relatos al respecto en pág. 139.

Algunas tradiciones orales contienen relatos maravillosos que explican por qué algunas ermitas o santuarios se edificaron en un lugar concreto y no en otro. Siguen relatos en pág.140.

Apariciones milagrosas
“La Virgen se apareció sobre esta roca a una pastorcita de la torre de Gorditz cuando iba en busca de las ovejas. La Virgen le dijo a la joven: ¿A dónde vas niña? Voy a recoger mi rebaño, contestó ella.
Quédate aquí unos momentos conmigo, pues tus ovejas ya vendrán a donde estás.
Mientras la Virgen peinaba a la jovencita, las ovejas se reunieron en torno a ella" (pág. 144).

Ritos de pasaje; relaciones de cortesía; trabajos a trueque; trabajos de caridad; prestaciones solidarias; son descriptas alrededor de las ermitas en págs. 156 a 160.

Toques de campana: amén de aquellas que indicaban inicio y final de jornada, refiere de aquella "arimen kampaia" que al anochecer tañiendo la campana de ánimas en toque pausado, evocaba el recuerdo de los antepasados y la unión con ellos mediante la oración (pág.165).

Don José Miguel de Barandiarán me hizo notar que las inscripciones latinas que estampaban los fabricantes en las campanas venían a ser verdaderas fórmulas de conjuro. A la leyenda iba unida una figura de dragón que representaba al mal espíritu contra el cual se dirigía la imprecación (Pág.304).

De la misma página: cuando no había sacerdote y la amenaza era inminente eran el sacristán o el ermitaño quienes conjuraban la tormenta.

Dolores de cabeza. Enajenación mental. Las prácticas rituales son en todo caso muy sencillas y consisten en introducir la cabeza en un hueco del recinto o bajo la campana del santuario haciéndola sonar (Pág.344).

Santa Águeda, habiendo sido degollada, se ocupaba de estos males.
Y es justamente en Santa Águeda de Bikarregi donde hube de llevarme posteriormente las mayores sorpresas. Yo también un día ya lejano había perdido mi cabeza.

A esta cofradía de Bikarregi pertenecían ya en el 1650 mis ancestros Eitzaga (Santa Lucía) y Amorrortu (Oba), quienes por más de cien años conformaron en Arratiagoien, Artaun, el fogar Eitzagamorrortu.

En todos estos textos de Gurutzi y Barandiarán es dable advertir un asiento común de aspectos de la identidad, que tanto la organizan como pudieran descubrirla otras veces nimbada. Pero aun así, ya integrada, común a ellos. Aun conservando huellas de profundas superposiciones de culturas, tradiciones y tumbas. Que en los misterios de los terruños y las hebras del afecto, todo al parecer se une.

Mis textos que siguen, guardan extraños, para mí, entrañables correlatos a estos de Gurutzi y Barandiarán.

“La Catedral”

Redoblamientos de la identidad, que caben de un relato, que comienza cuando todo se hubo ya perdido.

Me ha tocado en suerte vivenciar estos procesos, en este mi lugar que fuera un día bastante apartado de las áreas urbanas. Después de 20 años, la ciudad ha venido borrando huellas que de un pasado ya poco los entornos recordaban.

No son los espacios rurales americanos, a excepción de las áreas de las grandes culturas, aquellos que por contraste festejan cálidas memorias en Europa. Sin embargo las pocas suertes que me han tocado descubrir en estas tierras, están ligadas a tradiciones tan europeas, que sorprenden mucho más de lo que pudieran expresar relatos.

Un día por error, traspuse la puerta de un local que resultó Archivo Histórico de Geodesia.
Allí habían acumulado los antiguos pilotos y agrimensores, referencias de tradiciones familiares, de los que durante 336 años habitaron estas hoy mis tierras.

Tratábase de dos antiguas familias portuguesas que desde la primera década del siglo XVII abrazaron su propiedad. Su verdadera posesión fue recién alcanzada, cuando uno de sus herederos políticos, un vasco de Tudela, Navarra, de apellido Riglos, las dona en 1712 a la segunda de estas familias, cuya cabeza visible Manuel de la Cruz ya las habitaba desde 1695. Su heredad las conserva hasta 1936. Huellas de construcciones ya en mis tiempos no quedaban.

La llanura pampeana carece de piedras y el adobe de sus construcciones rurales nunca fue valorado.
Pero la naturaleza había, merced al trabajo del hombre y a sus arquetipos en el alma, recogido huellas que hoy centenarias son celebradas como formidables templos naturales.
Que ya los celtas quisieran después de dos o tres milenios verse reflejados en sus amores así.
Miles de años y miles de kilómetros de distancias que no impidieron a las fuentes de nuestras identidades venir a celebrarse, hoy y aquí.

En una oportunidad vino a este lugar una mujer mayor de origen siciliano, esposa de un conocido pintor argentino que al descubrir uno de estos lugares, se echó a tierra, espontánea, cuan larga era; y tras permanecer unos minutos en silencio dijo sin prestar demasiada atención a los que circunstancialmente la rodeábamos: "ésto sí merecía estar en el Palazzo Grassi"; recordando aquel atrio de utilería que habían desarrollado en la entrada del local veneciano en oportunidad, hace unos diez años, de inaugurarlo con la inolvidable muestra de arte celta.

En otra oportunidad, estando yo ausente, vino un ingeniero nuclear de mediana edad que había sufrido un coma 4 durante 36 horas y las vivencias de ese descalabro le habían movido a interesarse por la energía metafísica. Le acompañaba un amigo mío, también ingeniero que conocía la aficción del anterior por estas cosas raras. Con ellos, su pequeño hijo presenció lo que allí aconteció.

Apenas ingresado en este mismo lugar anterior donde aquella mujer se había echado por tierra, el ingeniero nuclear en cuestión sacó a relucir un péndulo, que no bien expuesto se dió a volar con tal energía que amenazaba pegar en su brazo. El hombre alelado exclamó: ¡aquí ha bajado Jesús! Y luego se dió a extrapolar, desde váya uno a saber qué criterios, la estimación de que tal energía pudiera estar irradiándose a 250.000 Km2. Un área de 500 km. por lado.

Una semana más tarde me entero por aquel pequeño, que allí había bajado Jesús.
Sin entender de qué me hablaba, le pregunto a su padre de qué estaba su hijo hablando. Y éste me confiesa haber quedado tan alelado, que no pudo hacerme comentario alguno. Necesitaba primero digerir lo que sus ojos habían visto.

Años antes, en ese mismo lugar, una persona mayor, muy normal, madre de tres hijos, psiquiatra de profesión y amiga de una persona de mi confianza, me había solicitado si podría ella tomar en él una pequeña siesta. -Por cierto que sí, le respondí.

Cuál fue mi sorpresa, cuando a poco la veo marchando del lugar y al preguntarle qué le había pasado, me dice: "no te imaginas la cantidad de gente que está trabajando aquí abajo".
Menuda respuesta para venir de labios de una psiquiatra.

En otra oportunidad una amiga muy querida, también persona muy normal, viuda, madre de cinco hijos y 12 nietos; y luego de criados sus hijos pintora de profesión; toma ésta una porción del suelo de este lugar, incluyendo la pinocha de las casuarinas que cubren el área y con esta materia vegetal y sedimentaria se da a conformar un soporte cual si fuera papel en extremo rudimentario, amasando y aglutinando esta materia como no viene al caso narrar. Luego, una noche desvelada, se da a pintar unas manchas de témpera por completo abstractas. Y en el borde inferior le inscribe las palabras: "el bosque".

Unos meses después exibe junto a otras cuarenta esta obra en una galería muy antigua de la ciudad.
Un mediodía, estando ella presente, un señor que resultó presidente del directorio del Deutsche Bank, le comenta: "Señora, aquí hay una obra que está viva".
Por supuesto mi amiga indagó cuál era. Y el hombre le señaló ésta que he descripto.

Otro día por la tarde, una señora le observa respecto de esta obra: "Señora, ésto no es un bosque" Yo estoy viendo un círculo de árboles; alrededor veo niños jugando; y en su centro veo una luz maravillosa".
Mi amiga no podía con su sorpresa, pues de eso mismo trataba su abstracción.

De antiguos vecinos recogí noticia, que ya en 1915 a este lugar lo llamaban: “la Catedral”.

He vivido aquí 21 años y hube en dos oportunidades de soñar lo mismo: que había en este lugar un tesoro enterrado. No me dió por cavar porque nunca imaginé ese tesoro como metálico y en cambio, siempre una misma intuición, me hacía sentir que ese tesoro tenía que ver con los afectos de la vida familiar, que en este lugar habían probado ser en extremo perdurables. La familia de la Cruz había permanecido aquí 241 años.
Ésto, en América, es incomparable.

Mis impresiones de todos estos fenómenos relatados, es que brotan de la identidad de estas vidas; de sus capitales de gracia, acumulados por siglos en este lugar.

He recogido en el Archivo General de la Nación los testimonios de sus testamentos y sucesiones y sólo advierto relación de vidas en extremo sencillas. Nada que temer si fueran ellos los espíritus que cuidan en forma tan asombrosa este lugar. Y sí por el contrario mucho por querer para estar a la altura de sus talones en afecto y en labores.

Nunca recuriría a exorcismo alguno para ventilar estos Erscheinungs, gremlins, lamias, o como quieran los mortales llamar, a lo que refiere de espíritus no incorporados al simple papel, al simple título de propiedad; pero sí al terruño.

Mucho he aprendido del valor de las heredades, las donaciones y los usos. Mucho de su afectividad perdurable, que dinero alguno podría por sí sólo adquirir. Me parece formidable que las cosas sean algo más que lo que dicen los mercados. La identidad bien poca cosa sería, si fuera sólo opinión de mercaderes.

Qué sentido tendría sostener integridad si la vida no tuviera comparable hondura.
Estos fenómenos son tan privados, que a nadie deberían preocupar sino a quien en su cercanía habita.

Nunca me han pedido cultos, cirios, ni concepciones de tal o cual ideología, ni rarezas. De hecho, advierto que a través del trabajo afectivo, las cosas se simplifican bastante. Que si el trabajo es afectivo, el ora et labora es una y la misma cosa.

Tantas jornadas solo, y sin embargo, trabajando así, me puedo sentir bien acompañado.

No salgo a buscar que me pasen cosas raras; pero cuando me pasan, mi vientre, en integridad con facilidad las hospeda. O lo que es más o menos lo mismo: pudieran ellas estar hospedándome a mí.

La cosmovisión antropocéntrica no pierde, al contrario gana, si fuera un poco ancestrocéntrica.

El Padre eterno no se va a ofender si entre el Hombre y Él se intercalan ancestros, para descubrir en Dios su rostro familiar. Relación bastante simple y coherente.

Ésto no es relativismo moral. Antes, podría ser el punto donde nuestros relativos y nuestros absolutos se tocan

.Ningún -ismo. A la identidad no le caben -ismos. A los parecidos y a las ideas por el contrario, sí.
Tener nombre y apellido no es parecerse, sino ser.

Que un día adviertas que tus abuelos pudieran estar más vivos que tú; y más cerca de ti que la distancia que separa tu nariz de tu propio rostro, pudiera sorprenderte, pero no te hará ningún daño. Más que te lo aseguro, será puerta para el perdón de tus pecados. Advertirás que en tu mochila contaban también ellos.

Quisieras estar solo, me dirás. Pues eso sí también te aseguro. Cuanto más solo estés, más rápido te enterarás cómo siguen estas historias.

El propio sumo pontífice ha decidido hace un tiempo evitar exorcismos, para antes filtrar profundas consideraciones en marcos de control exclusivísimos.

Parece que hemos estado jugando a creernos ahuyentadores de espíritus, cuando es posible que cada uno tenga que aprender con sus comportamientos más sinceros a lidiar con ellos; y antes que lidiar, apuntar a armonizarse con ellos.
Imagino que estos anticipos facilitan lo que sigue.

Nunca he visto en este lugar nada del otro mundo, aunque sí confieso, en su cercanía.
Hacía unos siete años que habitaba este predio y un día de la tardía primavera a la hora de la siesta y mientras trabajaba en cercanía de este lugar, me sobreviene una aparición. Se trataba de una mujer que por su apariencia llena de arrugas podría decir tenía no menos de 200 años. No era precisamente bella, pero sí, en extremo seria su actitud; y sus palabras fueron: "les alquilo el campito, pero me lo mantienen muy limpito". Ésto fue todo lo que dijo antes de esfumarse. Estaba frente a ella, solo; y sin embargo me hablaba en plural.

Más allá de la sorpresa no fue la intención de este espíritu asustarme, pues de hecho sentí muy concreta su solicitud, al tiempo de advertir inmediatamente se trataba de alguien que sin la menor duda atesoraba este lugar y cuidaba en términos metafísicos de él. Lo cual, enterado así, no es poca cosa. Tener aliados que te vigilan, también te cuidan si eres espontáneo e íntegro.

Desde entonces acepto que ad-quirir es mucho menos que haber querido; y que parafrasear a Pound sería oportuno: "heredarás, heredarás, tan sólo aquello que hayas amado".
Cabiendo ésto para los que parten. No, para los que sobreviviendo, la tierra y demás bienes heredan.

Había perdido la razón. Había perdido mi matrimonio. Había con los estigmas de la locura perdido la confianza de mis padres, hermanos, amigos; y hasta mis hijos me habían tomado asco. "Delirio místico", fue de los médicos diagnóstico.
No iría con mística a enredarse un psiquiatra.

Había, contra la opinión de mis psiquiatras, abandonado la ciudad y refugiado con migajas en esta parcela rural. Mi mujer se había ocupado me embargaran todos mis bienes y promovido un juicio adicional de insania para desheredarme por completo.
Mi padre desestimaba ayudarme pues estaba convencido de mi locura y de las furias de mi mujer dispuestas a quitarlo todo.
Que ni hijos quedarían.

No podía decir que me iba a tomar un año sabático. Así es que sólo me cupo conocer la vida y vivencias de un eremita aggiornado.

Mejor abreviar; que si fueran aclaraciones o extensiones de estos descalabros necesarias, ya se manifestarán oportunas.

Pero no me puedo ahorrar de señalar, que en estas condiciones uno acaba pulverizado; como grano de harina. Que después de un tiempo ya tiene todos los visos de ser un piojo resuscitado.
Por eso es posible renacer, resuscitar o como quieran llamarlo.

Desestructuración tan nuclear, que en los misterios eucarísticos del cristianismo, establecen con no poca imaginación, correlatos en las imágenes de la "ascención del Señor". ¡Vaya paradoja!

Paradoja que excede con creces aquella de: "hombres de Galilea, por qué miráis al cielo, si no es al cielo donde tenéis que mirar".
Acotaciones que espero no resulten a oídos piadosos ofensivas.

Escuché la primera, en situación en extremo oportuna, en boca de un sacerdote hablando desde el púlpito a una feligresía que imagino pudiera estar bastante desenterada de lo que el cura hablaba. Ese día al parecer, el sermón era sólo para mí.

La segunda paradoja, la de mirar, (después de resuscitado) para abajo, sin duda puede crear tantas confusiones, que por algún motivo las iglesias cristianas la han borrado de sus traducciones. La misma versión última de la Biblia de Jerusalem, también la ha borrado. Nadie se quiere complicar con los misterios. La mística pertenece a los abismos.

Por estos tonos y por estos relatos imagino comprenderán mis simpatías por estas criaturas, que siempre meten algo más que lástima. Una vez más repito, no los puedo imaginar habiendo vivido en inmediata cercanía a población alguna, al menos durante los años iniciales de su desarraigo.

Tal vez un día me de a escribir algo más de lo que ya he expresado respecto de las vivencias abismales que caben a estos desarrollos. Que primero te ascienden a donde nadie imagina y luego te dan a un descenso que nunca termina de armonizar sorpresas, siempre pródigas de entrañables atenciones.

Los marcos de austeridad, laboriosidad, espontaneidad, privacidad, y afectividad, son extraordinarios; y encubren por si solos, todos los milagros que a diario a estos seres en extrema soledad asisten.
De aquellos tiempos de vida contemplativa sólo ha quedado vago recuerdo: ahora cabe estar con temple activo.

Mi vida contemplativa conoció como ya he dicho, también loquero. Estando internado, mi madre le comentó a una monjita de clausura mi desgracia. Ésta le sugirió hablara con la madre superiora.
Sin jamás haber oído de mí, al terminar el oficio religioso, le comenta a mi madre que recién la conocía: acabo de comulgar y vi a su hijo; y vi también ladrillos, ladrillos y más ladrillos. Eso fue todo lo que dijo.

Epifánica. Nunca había sostenido con mis manos un ladrillo y no he cesado desde entonces, con ellos, de inscribir espontáneo mis afectos: mis cantos rodados testimoniales.
Tantas cosas raras, pudieran tal vez caber, muriendo en vida y resuscitando en entrañable abismo.

Caserío de mi solitaria factura, en Del Viso, Prov. de Buenos Aires

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