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Vista del caserío dedicado a nuestros Abuelos

Si bien pudiera parecer ajeno a este estricto relato de las vidas y terruños familiares, incluyo como breve intervalo, este texto que fuera introducción a una memoria técnica presentada el 13 de Septiembre de 1986 en el Dpto. de Ordenamiento Urbano, en la ciudad de La Plata.

Algunos han señalado al urbanismo como a una de las manifestaciones más necesarias para tratar con arte. Por ello quisiera incluir la afectividad originaria que brota de los terruños, para no olvidar, cuando dando rienda suelta a los mercados, tapizamos el suelo de asfaltos y cementos, sólo organizados para los excesos gregarios, que sin duda alguna, aspiran y reclaman los apetitos de los mercaderes en ambiciones sin término.

Olvidando cuánto la armonizadora presencia inmediata de la naturaleza, intercalándose en nuestras estructuraciones, prisas y condicionados comportamientos, hoy perdidos de urbana cortesía, aportaría para la contención natural de estos desbordes, con mayor e incomparable economía.
Nivelando deficitarios tapujos y quiebres de tanta memoria genética

Apuntes para equipar el lugar

Días atrás un urbanista expresaba su necesidad de diferenciar "espacio" y "lugar".
Al primero le adjudicaba su condición concreta y física.
Al segundo, aunque tantas veces oculto, su condición afectiva, profundamente lúdica, en donde se puede trabajar o jugar con el mismo ánimo franco de un niño.

No siempre encontramos el espacio para estos sueños, pero el lugar oculto, el "u-topos", su utopía, ya está presente en ellos.
Algún día puede aparecer el espacio concreto. Y por supuesto lo que se haga en él será pertenencia, no de la razón, más que de los afectos del corazón.

El lugar es así, un espacio que la vida misma va preparando, imperceptible.
Es por ello que nos resulta difícil alejarnos, de la misma discreción con que la vida actúa.

Más allá de un presumible esbozo de las necesidades preliminares, todo espacio por pequeño que sea, está llamado a llenar con su "humus" los reclamos íntimos que cada uno tiene de un lugar.

Incorporar la expresión "humus", puede no sólo comenzar a llenar desde ahora la desnuda condición de un espacio, sino revelarnos algo del respeto y la humildad con que ese espacio nos ha esperado hasta descubrirlo.
Y el velo de un espacio está años corriéndose, develándose.

Ningún proyecto, por complejo que sea, puede con sus líneas y palabras agotarlo; sólo puede advertirlo, prevenirlo; y desde su estanciada comunión, facilitarnos perspectiva de la acción, que permitirá a poco, ajustar y ejercitar nuestros instrumentos.

Todavía será necesario integrar nuestra sinceridad; verificar nuestro ánimo para la inversión: en el trabajo; en las viejas y en las nuevas relaciones, a través de las cuales se nos asiste y se nos hace sensibles para entrar en pertenencia, no ya de este "lugar" o aquel "espacio", sino de un "terruño".

Ahora podemos, respecto del equipamiento común y comunitario darnos a sospechar: si hablamos de un "espacio"; si estamos en un "lugar"; o si sentimos pertenecer a él como "terruño".
Y de ahí, de esa sospecha, pueden surgir distintos modos de acción.

Quien habla de un "espacio" comienza a diseñarlo.

Quien habla de un "lugar" comienza a suspirar. No sabe aún cuánto esfuerzo le demandará, pero ya descansa, y de alguna forma se comunica con él.

Quien está en aquel "espacio" calificado de un "lugar", trabaja e instaura.

Quien pertenece a un "terruño" hace todo eso;
y además, con su sólo comportamiento, espontáneamente restaura.

 

Los Granaderos de San Martín en el Al Maitén

 

Piedra de sillería . Casa Parroquial de Yurre (Igorre)

.

Abismos de la piedra erosionada,
que siempre lo celeste vela.

Rojos del poniente y la aurora
reflejando de ancestros
altísimos océanos de sangre
que se derraman sobre los cielos,

animando cada vida humana;
bendiciendo sus terruños;
pescando amores;
cumpliendo sueños.

Amores que siendo
en primer grado suyos,
son así tan vuestros

 

 

Recuerdos de mi viaje a Bizkaia

Vista crepúscular desde el alto Oba

 

Fanallar de mi amigo Blas

Os había propuesto, al dejar en mayo del 99 este relato en vuestras manos, que cualquiera se encontrara vivencialmente en el lugar de la caza y de la pesca, pudiera de la mano de los ancestros Eitzaga Amorrortu, con su auxilio retomarlo.

Esta propuesta parece sonó en el mas allá casi como una invocación. Pues un año después, justamente preguntando a Mikel Gorrotxategi Nieto, director de la Euskalzaindía, Real Academia de la Lengua Vasca por la localización del caserío de esta familia, me entera no sólo que podía darme esa respuesta; también me comunica que el caserío Amorrortu estaba en pie, y era restaurado.

A las dos horas tenía asegurado el ticket del avión. Y a la noche siguiente estaba atravesando el océano. 40 años habían pasado sin volver a la vieja península.

Llegué a Madrid el domingo 21 de Mayo del 2000; un día como hoy: lluvioso, triste; pero yo alegre; dispuesto a mojarme algo más que los pies.

Esa misma tarde mi Hija Maitena, que estaba en Madrid terminando su maestría, me saca volando a pasear bajo la lluvia.

Recorrimos toda la Naturaleza verde del parque del Retiro. Milagrosamente cargado de silencio y rosas, bajo ese cielo lleno de bendiciones humectantes.

Encontrarnos ya era una fiesta. Y para ella, recorrer conmigo bajo la lluvia ese mismo camino que hacía cada día para ir a sus estudios, introduciendo su mañana en la magia de esta atesorada Naturaleza del parque del Retiro, fue una fiesta que a ambos nos invitó a mojarnos sin reparo.

Así llenos de estas bendiciones que habrán sido tan comunes a nuestros ancestros en los montes arratianos, llegamos después de 4 horas de vagar admirados, siendo las 9 de la noche, a la plaza Mayor.

Aquí nos esperaba una sorpresa: la fiesta del patrono de Madrid, de la madrecilla de las aguas: San Isidro Labrador. Aquello sí que era romería. Una fiesta diríamos aquí.

Llena estaba la plaza a pesar de la lluvia. Y un mestler de juglería de hombres y mujeres maduros de Segovia, encendiendo la chispa de los romeros en fiesta.

Bajo la lluvia cantaban y bailaban como si nada.
Al punto de contagiarme, a pesar del cansancio, estos estímulos que me sostuvieron en vilo hasta la hora de la cenicienta.
Y ya de momento satisfecho por ese día tan pleno, tornamos a la madriguera.

Madrid no se podía haber portado mejor conmigo. Después de 40 años, me descubrió su belleza y la de su gente, con una alegría contagiosa y un cuidado que no olvidaré.

Monumentos y tierras de Castilla la Vieja llenas de esplendor.

Remozadas, conservadas, restauradas; atesorado anticipo de lo que al día siguiente bien temprano, vería desde el bus que me llevaría a Bilbao; atravesando sus verdes praderas y las de León; regadas de dorados trigales a punto de cosechar.

Así entramos en Euzkadi, después de reconocer una España que 40 años atrás había encontrado despertando de una larga y amarilla pálida tristeza.
Así entonces sus campos. Hoy reverdecidos, aprovechados, y cultivados hasta en el detalle de cada rincón.

Entrar en Euzkadi fue sorpresa silenciosa; acompasada en la sinuosidad de las curvas de la autopista penetrando en los montes alabeses; multiplicada por el alma labradora vasca en cuidados sembradíos prodigiosos a mis ojos. Ésto no parecía terrenal; sino paraíso divino.

Somnoliento en el placer, en sólo un abrir y cerrar de ojos me encuentra la ya tardía mañana en las puertas de la gran Bilbao; populosa de barriadas que le anticipan entre los montes, y a poco la develan en su inmensidad histórica.

Llena de esfuerzos; a punto de cumplir en poquísimos días sus primeros 700 años. Revestida como pronto habría de descubrirla, llena de cuidados extraordinarios.

Tan extraordinarios, que no sólo borraron en menos de un instante la imagen descuidada que tenía grabada de tantos años; sino que lleno de sorpresa abrió mi simpatía más cálida y me hizo sentir en mi mejor casa.

Ni que hablar de la elegancia de sus gentes. Allí estaba yo hecho un cromagnon abandonado, sosteniendo no poca vergüenza por no haber previsto mejores prendas que las que llevaba puestas.

Aun así y tal vez por ello, sentí que tenía prendas en el alma que me protegían y revestían como para no salir huyendo. Y así la recorrí durante cuatro horas antes de tomar el bus que me llevaría a Dima, Ugarana, Oba, Santa Lucía, Artaun; mi destino.

Mientras tanto, qué hermoso fue entrar en la Plaza Vieja, enfrentarme al edificio de la Real Academia de la Lengua Vasca y dirigirme presto a él, para conocer al hombre que me había arrastrado a través de un océano de 40 años en tan sólo 40 horas.

Allí estaba su secretario y a cargo de la comisión de onomástica, que habiendo compilado el nomenclador de apellidos que hizo de eslabón para mi llamada telefónica, presto y gentil con su información me sorprendiera.
Un joven lingüista, estructurado como cabe a estos menesteres, pero con el carácter y la simpatía que no sé si podréis imaginar

Así me abrió sus puertas al pasado, el vuestro, este joven vasco Mikel Gorrotxategi Nieto.
Allí mismo me mostró sus documentos, los que habían obrado sus respuestas; y allí advertí cuánta importancia tiene en el inconciente vasco el tema de la identidad.

Que como veremos más adelante, se las trae tan en serio, como insólita en la temporalidad de su más que heroica permanencia en el terruño.

Dejo para entonces las aclaraciones que caben, para que mis exageraciones no pasen por tales.
Mientras tanto más me gozo me creáis exagerado.

Así fue que habiendo hecho escala en Bilbao, aproveché para confirmar telefónicamente mi hospedaje en Dima, en la posada rural Aramotz, de Jon Jauregi, tel. 94 6316005, que ya me esperaría con un plato tardío de comida.

No sólo comida me esperaba esa tarde. Tan presto y eufórico me presenté, que desde esa situación anímica me soportaron con acusada simpatía; sorprendidos tal vez que un extranjero se sintiera tan cómodo en su casa. No hubo forma de sentirme ajeno o extranjero.

Antes me sentí hijo pródigo, al que todos sostenían con sorpresa y alegría.
Mi identificación con ellos era permanente. Y la información que había cosechado el año anterior para celebrar al abuelo con aquel breve informe de nuestro pasado, articulaba todas las providencias, que mi inconciente y el de ellos gestaban con azar para un encuentro, que por momentos parecía centenario.

Cada persona mayor que se cruzaba en mi camino, a su mirada y sonrisa respondía con mi pregunta ¿cuál fuera su gracia?; cosa que no entendían, pues la gracia al parecer no tiene de ellos su nombre. Pero al final comprendían y accedían a darme su identificación que al instante devolvía en reconocimiento parental de uno o más siglos; pues todos éramos parientes allí.

Con esa gracia del reconocimiento de nuestros antiguos nombres familiares pasé a ser uno mas entre ellos y tal vez el más bullanguero, pues no paraba de hablar de mis azares, de mi alegría y de toda la sorpresa que me envolvía.

Quiso la vida que así fueran estas circunstancias de reingreso físico a Dima, que por tantos siglos cobijara a tantos de nosotros en sus imperecederos y remotos genes; nunca pasados. Huéspedes perpetuos que vibran al entrar en cercanía, en los lugares donde sin duda alguna gestaron el temple, que aun cuando luchamos y sufrimos y reímos, todavía nos guía.

Presentarme Jon Jauregi su cocinera y auxiliares y darme almuerzo a la hora de merendar, fue parte del elán vital que me llevaría en un instante a estar en el alto Oba, el lugar natal.


Caserío Amorrortu en el alto Oba


Jon había llamado a un taxi que me regalaría el viaje a Oba, distante 5 Km de Dima.
Allí iba a encontrarme por primera vez de cara con la vida, que desde aquí para todos nosotros pulsa en secreta memoria para reparación de vida, toda vez que algo se nos hubiera perdido.
Y con tesón de niño, jugando muy en serio seguí su guía.

Llegamos a Oba subiendo muy alto un breve camino de montes escarpados, llenos de vegetación y pinos y castaños de la India esplendorosos por la fina lluvia, que casi a diario riega sin erosionar los delgados sedimentos y sus verduras.

 

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