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Entornos de Oba

Allí estaba junto a otros pocos cercanos caseríos, la vivienda ancestral de los que amaban el huerto; del que vivieron hasta que la vida los descendió por los valles primero, hasta llegar un día a Bilbao, donde nació Sebastián, nuestro abuelo.
Ese descenso llevó no menos de 250 años en mis registros.
Pero como no podría por el momento en esta vida saber, cuánto llevaban antes del 1600 en el alto de Oba, habré de imaginar ese cuarto de milenio suficiente para acceder a la estima de los valores que desde la permanencia sostienen y florecen, con calma y armonía; valores que en ciudades, en ritmos y espacios comprimidos a prisa se esfuman.

Katy y Juan Antonio en su caserío, un martes 23/5/2000

Grata sorpresa me deparó encontrar "nuestro" viejo caserío, (te 94 6319253) hoy remozado con mucho amor. Y en él, al amable restaurador de sus bellezas, Juan Antonio Ayesta Larrea, que acompañado de su musa Katy, esperaban alertados por Jon Jauregi, mi inevitable presencia.


Juan Antonio Ayesta Larrea

Por ser como soy, quiso lo fugaz transformarse en amena charla, prolongada no hasta el alba, pero sí hasta el crepúsculo, dorando las verduras y apurando mi cámara para apresar sus maravillas desde esta admirable altura.

Allí me encontró la tarde fotografiando este rostro de María Luisa Ocerinjauregi de Bikarregi; nuestra inmediata vecina en Oba alto, (que ya encontré una bisnieta en Colombia), anciana maravillosa, rodeada de sus hijos y de Edurne, su hija rebosante de sorprendida simpatía.

Allí me encontró la noche que suave caía sobre la altura, habiendo dejado el valle en sombras que ya subían tardías.

Allí apareció Mariángeles Bilbao de Bikarregi, vecina de la mas alta de las casas de Oba. Entre sus rosales me presentó a sus hijas y a su esposo, especialista en programas y electrónica de máquinas herramienta; que así se ganaba la vida, mientras su mujer atendía la huerta siempre florecida.

Un lugar maravilloso que sería sueño imposible de cualquier mortal "civilizado".

La imagen que sigue muestra a nuestros más inmediatos vecinos en Oba alto:María Luisa, a su lado Edurne, a la derecha Tere, esposa de Josera (biólogo), y el que suscribe

Allí me envolvió la noche; sin prisa; sin temor.
Y tan a gusto compartía con esta familia, a las 21,45, la última luz del día, que allí me advirtieron abstraído de la hora. Y sin preguntarme demasiado se animaron a devolverme en su auto a mi guarida en el valle; para no provocar la hilaridad de las lechuzas que me verían de lo contrario descender en la noche a pie solitario en pos de su improbable guía.

¡Qué buena noche me regalaron las sábanas limpias llenas de apresto de Aramotz. Que no alcanzaron empero a calmar mi aceleradísima ánima.! Éste fue mi primer día.
El primero en váya a saber cúantos siglos sin pisar, un hijo de "Amor al Huerto", su antiquísimo terruño.

Ya cabe comunicar a mis cercanos homónimos, las huellas que arrastra ocultas nuestro extraño apellido, al que he visto archivado en siete grafías diferentes, incluyendo haches en los lugares más insólitos, y que al decir del prestigioso Michelena, quiere decir ni más ni menos que "amore hortu", en latín, amor al huerto.

En vasco, huerto pierde la hache. Y con algunas ligeras afirmaciones tozudas al huerto, quedó lo que todos tozudamente ignoramos cuando pronunciamos nuestro apelativo Amorrortu.

Memoria amorosa al huerto junto a la no menos amorosa de Eitzaga, obligada a la caza y a la pesca, que bien discreto resaltan todo lo natural que de la vida hemos eludido; sin imaginar ni pesar, cómo un día nuestro propio nombre, en algún rincón del alma pudiera resonar.

¡Cuánta maravilla anda dando vuelta en la punta misma de nuestra nariz con discreción aterradora! Ninguna musa podría tener la delicadeza superlativa y recóndita del encapsulado Ego.

A aclarar que no constituye reclamo alguno a la divinidad de las musas o de nuestra más humana musa. Pero sí afirmar que el meollo de los meollos de toda identidad, se sostiene en el silencio siempre subterráneo de cada cimiento. Que nuestras musas conocen en detalle aunque nos lo velen con sus encantos.

Al elegirnos, eligen esos cimientos en la esperanza de poder construir apoyadas en ellos. Por tanto no sólo no hay reclamo, sino agradecimiento al menos, a ellas que inconcientes lo ven y nos aprovechan hasta donde los cimientos soportan. Que en estas regiones ya la conciencia humana en abismos insondables se pierde; y luego sólo en inconciente de trabajo y amor aflora.

Nociones anteriores a todo pensar, reflexionar, analizar; que se regalan al vivenciar desde el vacío de las pérdidas; y desde el capullo de Ego dan a regenerar.
Ya no desde el alma donde se hospedan las musas, sino desde un recóndito lugar anterior al alma, que nunca habla, si no es para reestructurar.

Oba nos ha llevado alto desde muy abajo. ¿Cuán alto? ¡Cuán abajo!

Así nuestro primer día, tan completo y cargado de identidad como ningún guía turístico alcanzaría a imaginar.
Otra empresa "turística" de más arriba se haría cargo que no abandonara esas tierras en las tres semanas que allí permanecí.

Mi segundo día en Bizkaia me hizo conocer la fina lluvia que riega todas las huertas. Y en vista que no estaba muy armado para salir al encuentro de las gentes guarecidas, me tomé el bus a Bilbao. Allí algo más despejado me di a recorrer la Gran Vía. Y como hacía años no lo hacía, me refugié en un par de hermosas librerías.

Ese mediodía y esa tarde pasaron entre libros, que desde todos los rincones del alma me hacían guiños. No bastaron esas horas, y así quedó abierto el deseo de repetir la recorrida.
Aseguré mi visita al archivo histórico eclesiástico para los días siguientes, y luego de larguísima y callada jornada, volví a Dima. Algo en mis ánimos se había compensado.

Al atardecer, probé la buena atención y abundante comida de mi posada rural. Jon Jauregi me regaló luego en la barra, la presentación de algunos parroquianos amigos, que enmarcaron un solitario día.

La vida en Dima, de lunes a jueves, concluye para todos a las 22 horas. Luego todo el mundo a dormir. Nadie entonces quedó en sus calles. Y así este día terminó para mí.

El tercer día, un miércoles 24, ya en el desayuno, me encuentro con uno de esos parroquianos. Josera Aiarza, joven, guipuzcoano, biólogo que había pasado toda la noche persiguiendo murciélagos; cuyos comportamientos estudiaba, luego de colocarles un chip. Toda la noche en vela, para terminar desayunando juntos.
Josera está asimismo restaurando un caserío muy hermoso, al lado mismo del caserío Amorrortu en el alto Oba. Allí sueña un día trasladarse con Teresa y su pequeño hijo y el que les viene en camino.

Corpulento y de gran simpatía, habría de encontrarme con él casi todos los días en el desayuno.
Muy rica conversación nos entretenía y sorprendía en una empatía mutua que a pesar de la diferencia de edad y de vivencias, se nos abría al menos para sorpresa mía.
Lo dejaba en paz presto ya para ir a dormir; que su día terminaba cuando yo partía.

Ese día a Yurre (Igorre), la más vecina a Dima. Caminando esos tres kilómetros por la ruta, en la esperanza luego, de arribar subiendo el monte, a Santa Lucía.

Pero quiso la vida sorprenderme sin jamás soñar lo que me esperaba al entrar en Yurre. Una población bastante más importante en escala que Dima. Con numerosas viviendas modernas agrupadas y toda la planta de una ciudad moderna, que había dejado atrás de su larga calle central al pasado.

Aun así alcancé a vislumbrar por una callejuela transversal un caserío algo más importante que los que había visto hasta entonces; y muy bien restaurado. Era la Antigua Casa Parroquial de Yurre.

Al acercarme descubro la identidad en ella, de una vivienda parroquial que había entre otros pertenecido a un celebrado párroco, Don Hilario de Soloeta, cuyo busto a un margen de la casa me observaba.

Advertido que la vivienda luego de restaurada había sido transformada en sede de los ayuntamientos vecinos, me animo a entrar y con curiosidad recorrerla y dialogar con quienes fueran.
Atendido con amabilidad y tras recorrer la casa, se aprestan a mostrarme en el segundo piso, la bibliografía que tenían publicada de estos ayuntamientos y sus circuitos culturales y turísticos.

Tan buen trato me movió a relatarme como nieto de Sebastián de Amorrortu.
Bastó pronunciar su nombre, para comenzar a llorar a mares, con gemidos y lágrimas como no recuerdo en años haber sufrido.
Tan fuertes y sostenidas muestras de dolor consternaron a las dos personas que me acompañaban.
Y en tanto el joven gerente se desesperaba por ayudarme, su secretaría más advertida, le proponía dejarme llorar.

Así fue que lloré medio océano, para acabar diciéndoles que no comprendía nada de lo que me acababa de pasar.
Ya sosegados todos, me despidieron con infinita amabilidad, no sin antes llenarme el bolso de libros y folletos.

Pocos días más tarde, al visitar el archivo eclesiástico en Derio me enteraría que su apellido materno era Amorrortu y había criado a tres niñas huérfanas de madre y padre, también Amorortu hasta su mayoría de edad. Recién entonces caí en la cuenta del origen de esos llantos inexplicables y extraordinarios.

Años más tarde apareció por estos prados bonaerenses Joaquín Fernández Lera Soloeta (Quin), cantautor y pariente del cura párroco. Era lo que me faltaba. Así es que hoy todos mis videos llevan su música.

En un festival en la plaza de Santiago de Compostela Joaquín Sabina confesó al público, que Quin había sido su maestro, aunque su Balada para un niño abandonado parece salida de otro pellejo

Alelado de lo que había vivido seguí mi camino, ahora en busca de un gorro que me protegiera del fuerte sol del mediodía.
A pesar de lo que había terminado de vivir, amenicé tanto con la dueña del negocio que para esto me atendía, que no aceptó le pagara su sombrero.
Sorprendido de estos entrañables contrastes seguí mi camino; ahora en pos de un plato de comida.

Las callejuelas me llevarían al otro lado del río, ya rumbo a Santa Lucía, donde encontré la calidez que me seguía.
Allí volvería también días más tarde, para almorzar con Maitena.

La tarde recién empezaba a doblar el mediodía; y el camino en cuesta suave remontó mis pasos a un sin fin de antiguos caseríos.
Aquí salió a relucir una información que Mikel ya había previsto para mi recorrido. Y con la ayuda de una vieja vecina fui recorriendo con sus señales y mi mirada, la larga sucesión que describía el orden del listado de los antiguos fogares de la cofradía de Santa Lucía.
Así hasta ubicar en la lejanía y a buena altura, el caserío de los Eitzaga, hoy en manos de la familia Aldecoa.

También habíamos marcado con la mirada, el más antiguo y ruinoso, pero no menos hermoso de los Ibarrondo, de cuya Isabel, esposa de Juan Larrea, también nosotros descendemos.

Desconcerté aquí a una antigua vecina que no alcanzaba a entender qué atraía mi atención, para dedicarle a estas ruinas tanta fotografía.
No logré hacerle comprender ni mis emociones, ni mis atracciones, pero si conseguí hacerla sonreír, luego de imaginar ella, fuera de la policía mi encomienda fotográfica. Aun así quedó disconforme no le dedicara igual cantidad de fotos a su remozado caserío.

Las casi ruinas de Ibarrondo, llenas de acopios de labranza en su establo y demás ámbitos, tenían un atractivo incomparable; desbordado de vida a pesar de los visibles olvidos. El tiempo había hecho lo suyo; pero el espíritu del caserío no se rendía, y era más bello que los que tenían asegurada sobrevida.

Generaba atracciones que sin duda alguna atraparían la atención del que habría de recoger oportunamente la suerte de ponerle caricias restauradoras. Estas antiguas viviendas hablan a todos los puntos de vista del alma.

Tal gratificación recibí, que poco esfuerzo me tomó llegar a la hermosa ermita de Santa Lucía y San Cristóbal, que luego tras un par de curvas me dejaría enfrente del caserío de nuestra familia Eitzaga o Iza, hoy de Aldecoa. y a quienes tuve oportunidad de conocer y volver a tratar días mas tarde con Maitena y María del Pilar Eguren.

Antiguo caserío de los Eitzaga, hoy de Aldecoa

El antiguo caserío de los Eitzaga, es una voluminosa construcción con algo de sus cimientos vencidos por la gracia divina. Y así sostiene con austero esfuerzo todo el espíritu que reflejan sus recuerdos.
La vivienda pertenece al anciano padre de los Aldecoa, que viven en el más nuevo caserío vecino.
Por esta razón hube de fotografiarlo en su exterior y en sus entornos, con suave pendiente hacia el valle.

La tarde recién empezaba y seguiría facilitando encuentros por otros caminos; que a pesar de diluirse las sendas en el monte, me fueron conduciendo a lugares más íntimos.

Habitados en silencio; comparable a los habituales míos.
En verdad grandes, pero tan cálidos, que me hacían sentir envuelto en ellos, cerca mío.

Así el rumbo me llevó a Zuña; luego a la torre de Uxar; luego a Biteriño donde localicé los antiguos caseríos de nuestros ancestros Abasolo y de nuestro más propio Garay.

Aquí la pequeña ermita de San Millán, marcaba el cruce de los caminos que ascendían a Artaun, o continuaban a Bikarregi.

La tarde avanzaba con la misma tardanza con que guiaba sin cansancio mis pasos, hasta esta última etapa de mi jornada.

Santa Águeda en Bikarregi es la ermita que dio origen desde el capital de gracias de su antiquísimo eremita, a la atracción de caseríos que un día se organizaron en cofradía, y a la cual Oba, Artaun, y Santa Lucía, aun pertenecen. A este eremita dedicaría esta obrita

La primera manifestación de organización social que conocieron nuestros ancestros, fue surgiendo de la esfera comunitaria que se gestó durante siglos en esta cofradía.
Allí se relacionaron en un pequeño marco común.
Allí se conocieron, se esposaron y multiplicaron, siguiendo en este vasto espacio común las suertes de los encuentros.
Allí abrieron y ejercitaron su solidaridad.
En él permanecieron durante siglos. Tantos como no puedo imaginar.

Recorrer a pie estos caminos, es darse a vivenciar las infinitas travesías que durante siglos se repitieron, sin cambiar siquiera sus huellas.
Los mismos senderos nunca perdidos, ni de emisarios, ni de milagros.
Que la vida por ellos es ida y venida; con y sin cansancios; con y sin olvidos.
La noche llegó.

Mi día había marchado recorriendo el pasado, presente, protegido.

Ver en el plano estos recorridos

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